Antes leíamos, sí leíamos, ahora la gente no lee. Teníamos cuentos, libros. A mí me gustaban mucho los cuentos, me gustan. Cuenta Beatriz Ruge una mujer invidente, alumna del Instituto para niños ciegos Juan Antonio Pardo.
Con alegría y frío recibo a Beatriz en la casa de Marina Aponte, su amiga y vecina. Alisto la grabadora, mi libreta y un lápiz. Me inquieta saber cómo es la vida cotidiana de una persona invidente. Para que los minutos de su llegada pasen rápido cierro los ojos, empiezo a caminar por el comedor tocando todo lo que hay en el lugar: las sillas, un viejo mesón, la nevera, la larga mesa. Un ejercicio corto y difícil, no lograba mantener los ojos cerrados por más de un minuto. Estaba concentrada hasta que llaman a la puerta. Es Betty junto a Marina, quien fue a recogerla a su casa.
Abro la puerta, saludo a Betty, como la llaman cariñosamente. Ella se acerca sonriente, me toma la mano y dice: “estás como un sapo, qué frío”. Y es que el clima de Bogotá estos días no ha sido el mejor. Le ayudo a subir las escaleras. Betty se tropieza con un balde atravesado en el patio, pero sigue su camino. Llegamos al segundo piso, entramos a la sala, la ayudo a ubicarse en el sofá más grande, al lado de la puerta que está cerrada porque Marina no quiere que se interrumpa la conversación. Durante la charla, Betty siempre tiene una sonrisa que combina perfectamente con su linda tez blanca y su cabello oscuro.
Ella conoce muy bien el instituto porque fue su casa por varios años, hizo parte del proyecto de educación especial e inclusión de la organización desde los cinco años de edad y ahora es profesora de música. Todas las tardes enseña a los niños el arte de combinar sonidos según la melodía, la armonía y el ritmo.
El Instituto para niños ciegos ha sido una institución educativa para niños invidentes. Su labor inició en 1926 cuando Juan Antonio Pardo, de 23 años, después de un accidente en el que perdió la visón decidió fundar una organización social que les diera a las personas con limitación visual la oportunidad de estudiar y adaptarse a una sociedad que no está preparada para trabajar con personas con discapacidad física.
Betty inicia hablando de forma pausada, recordando su paso como alumna en el instituto. Ingresé en 1970, cuando tenía 5 años. Mi familia me llevó a hacer un tratamiento en la Clínica Barraquer, en Bogotá. El doctor nos recomendó la institución porque no podían hacer nada debido a la seriedad del problema de visión que tenía. Ingresé para estudiar los primeros niveles educativos, lo que ahora se conoce como pre - escolar.
Estudié hasta quinto de primaria. El nivel era muy bueno, mejor que la educación de ahora. Cuando tenía seis años ya sabía leer y escribir, teniendo en cuenta que nosotros los ciegos a veces presentamos algún retraso de aprendizaje en los primeros años de estudio, pero la educación era tan buena que sobresalía.
Bueno, aunque también tuve malas experiencias; alguna vez un profesor me dijo que era muy mala para tocar piano, que no podría aprender, creo que por eso no lo aprendí a tocar. Solo soy experta en flauta dulce; el instituto se preocupa mucho por la parte musical desde que fui alumna hasta ahora.
Era interna, Dormíamos con las niñas, había niñas de todas las partes de Colombia. Yo soy de Caldas, entonces salía en julio y noviembre a vacaciones, mi familia siempre me llevaba a Manizales. Recuerdo mucho esos paseos.
En este momento siento la necesidad o mejor la curiosidad de saber acerca de su vida como madre soltera, indago sobre su experiencia y la conversación tiene un cambio repentino. Betty deja el pocillo encima de la mesa de centro, se cubre su rostro y suspira profundamente para dar inicio a la historia más importante de su vida, la de ser mamá de una niña, que precisamente acaba de cumplir quince años, Luisa Fernanda.
Ha sido la mejor experiencia de mi vida, ella vino al mundo con fortaleza, cada día me demuestra que soy capaz de muchas cosas. Claro que he tenido dificultades, pero tener una hija es lo más maravilloso. Luisa Fernanda nació hace 15 años, hace ocho días los cumplió, es el tesoro más lindo que Dios me ha dado. Betty es de pocas palabras pero, en cada frase que pronuncia demuestra la emoción que siente al hablar de la razón de su vida, lo que más ama.
Betty comenta que estuvo esperando mucho tiempo los cumpleaños de Luisa, ahorró por un año para el viaje que tendrá el próximo fin de semana a San Andrés, está emocionada porque su hija conocerá el mar y tendrá la celebración que esperaba.
“Es que viaje sin fotos, no es viaje” me dice recordando que debe comprar una cámara para retratar sus vacaciones, algo que me sorprende pues hace una descripción detallada de los paisajes que tiene en su mente, como si los hubiera visto.
Tener un hijo y aun más si es niña necesita de mucho cuidado, con la ayuda de Dios y las amistades salí adelante. Las primeras tareas de Luisa fueron muy difíciles, me desesperaba, cuando ella tenía que recortar, hacer las vocales, me tocaba conseguir a alguien para que me ayudara. Llamar a mis amigas, pedirles, decirles que yo no podía explicarle, a pesar de que soy docente no podía debido a mi limitación.
Es una niña muy juiciosa e inteligente, le he enseñado los valores necesarios para que sea una persona tolerante, respetuosa y entienda que todos somos iguales.
Estefania...